Hace semanas que no me reconozco en el olor de mi cuerpo, que levanto las cejas con el mentón hacia ellos cuando me miran y que giro mi muñeca derecha cuando no entiendo algo dejando la palma de mi mano hacia arriba. Que cambio mi asiento en el autobús, que negocio en suajili los precios, que chasqueo mi lengua cuando no me gusta lo que oigo o lo que veo.
Hace semanas que África me habla con mi propio cuerpo, que respondo con gestos que copio y en los que no (me) reconozco.

Hace semanas que adorno mi pelo con colores, que uso pendientes y que el cobre y la madera se enganchan a mis brazos a modo de pulseras. Que me he acostumbrado al verde, al calor y al ir apretada en el autobús. Ya no me sorprende que alguien me siga por la calle, me pregunte a dónde voy y dónde duermo, que se sitúen a mi lado, acompañándome a ningún lado, o que cuatro hombres vengan corriendo cuando me acerco a un autobús y empiecen a gritarme precios. Me he acostumbrado al arroz, al ugali, a la berza, el managu, a las alubias y al maíz.

Hace semanas que África me habla en un idioma que ya no me resulta desconocido, que, poco a poco, voy reconociendo.

Hace semanas que me he acostumbrado a los grandes rebaños de vacas y cabras que cruzan la calzada, a las mantas de cuadros y colores que cubren los cuerpos semidesnudos de los maasais, a sus palos y puñales, a los gorros de lana con este calorro, a las mujeres con grandes sacos en las cabezas y a las motos arremolinadas que gritan cuando pasas por su esquina.


Hace semanas que África me habla con la profundidad de unos ojos oscuros y con las zancadas de unos pies duros desnudos.

Me he acostumbrado hasta a los continuos "muzungu" y "corona", a saludar a los niños, a que los más pequeños lloren a mi paso y hasta los gestos de miedo y el cubrirse las caras de los mayores cuando me ven y me acerco. A lavarme las manos cada vez que veo un cubo y siento las miradas, los gestos y el levantamiento de cejas asustado. A que, por el corona, sean ellos los que me tengan miedo.


Son dos meses y medio en África, y todavía estoy acostumbrándome a no tener prisa, a la poca eficiencia y a la falta de espacio vital. A la pretensión de ser engañada todo el tiempo, a saber quién, si alguien, busca en realidad una amiga o sólo una extranjera a la que sacarle un dinero.
África me habla de aumentar mi paciencia, de entender realidades, de sentir racismo en mi propio cuerpo, de cambiar concepciones. De vencer miedos.

Africa me habla, aunque a veces lo haga en un lenguaje tan diferente, tan raro a mis ojos europeos, que es lógico que (me) sea tan difícil entendernos.

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África es increíble, es increíble cómo nos hace replantearnos nuestra manera europea de ver la vida. Uno de mis mayores aprendizajes vino a raíz del constante mzungu y vivir en mis propias carnes el racismo.
Aprovecha mucho tú que puedes!!
África es de verdad increíble. Te lleva por caminos que, en mi opinión, ningún otro continente puede llevarte. La realidad es que en la mayoría de las veces lo que yo sentí, más que racismo fue excepcionalidad o incluso privilegio ( el trato de los locales era casi de admiración hacia mí) , a excepción de una o dos semanas cuando ocurrió todo lo del COVID que sí me sentí algo violentada al ser evitada, temida o gritada.
Un abrazo!
Disfrutad de la no prisa y no tengáis prisa por volver. Saludos de Jesús Osés
Jajaja. Al final la prisa, de un modo u otro, llegó. Un abrazo Jesús!
Hermoso! No me puedo ni imaginar el shock diario.
El shock diario es continuo y loco Luciano! Un continente aparte. Te mando un abrazo!